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Quince años atrás con una llamada corta y severa Steve me informaba lo previsible; Claude habría muerto en Santa Cruz a la edad de cuarenta y nueve años. En ese tiempo la noticia no me conmocionó demasiado. En definitiva Claude no era mi amigo, ni siquiera había alcanzado la estatura de conocido, solamente habíamos trabajado juntos una sola vez.
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Dos semanas antes Steve me informaba que sería Claude el encargado de acompañarme a mi primera asignación como fotógrafo de retratos familiares. Me cuenta también que Claude venía del Brasil, lo que lo convertía en brasileño y encontrarme con un brasileño en esas circunstancias tan lejos de casa era casi como encontrarme con un ser querido en medio del desierto.
Ya su nombre me causó curiosidad. Steven me advirtió que la salud de Claude era frágil y que debido a ello no podía trabajar largas horas ni acarrear bultos pesados. Nuestro trabajo consistía en trasladar un gran equipo de luces junto a una enorme cámara de estudio que disparaba hasta setecientas fotos con un solo rollo. Decenas de familias con sus mejores trajes de domingo se irían turnando para ser fotografiadas mientras nosotros repetiríamos las poses una y mil veces, con cada familia igual.
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Nos encontraríamos a mitad de camino entre la oficina y su casa –finalmente Claude no vivía en la gran ciudad como lo había imaginado sino en Santa Cruz a unos cien kilómetros de la bahía. Aparentemente vivía con una mujer y dos hijos. Supuse un agradable encuentro entre dos sudamericanos en Norteamérica, nos imaginé evocando alguna de las playas paradisíacas de su país, hablando de anécdotas futboleras, o discutiendo sobre las bondades de uno u otro país. Y por sobre todas las cosas nos visualicé criticando el sistema que nos albergaba, cosa que sucedía con casi todos los exiliados y dolidos inmigrantes.
Efectivamente nos encontramos en las afueras de San José, en una gasolinera aplastada contra montañas garabateadas por el viento, entre mestizos y cuellos colorados de pobre conversación. La primera impresión que me causó su figura contrastó de manera absoluta con la idea que me había hecho de antemano.
Claude era delgado, huesudo, escuálido y pálido, casi un esqueleto caminante. Definitivamente éste hombre no presentaba signos de buena salud. Su rostro denostaba una fragancia de enferma resignación y pacífica desesperanza. De hablar nulo y mirada turba y distante. De andar cansino y nervioso se movía con conmovedora seguridad a pesar de su delicada humanidad.
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Con señas me indicó que le siguiera con mi coche. Conducía una camioneta chata y vieja. Se manejaba con absoluta seguridad por esas calles prolijamente aburridas y contundentemente iguales a todas las demás. Llegamos a una escuela rural donde nos esperaban las familias prolijamente producidas para ser fotografiadas. Claude finalmente se dirigió a mí en un inglés pulcro y solo con las palabras necesarias me indicó como proceder en mi nuevo trabajo.
Desde un primer momento intenté mostrarme simpático, sin embargo Claude jamás mostró el más mínimo interés por agradar. Quizás conociendo su destino se apiadó de mí y me evitó la molestia de tener que despedirlo después de haber construido un afecto inútil a esa altura de su vida.
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Forcé algún acercamiento con preguntas sobre su pasado, sobre su Brasil natal, que si venía del norte o del sur, si la cachaza o la cerveza; que si la zamba o la bossa nova, que si el Flamengo o el Palmeiras. Jamás manifestó emoción alguna por ninguna de mis inquietudes. Para ser más exacto jamás esbozó palabra alguna en su portugués natal. A duras penas y luego de mucho insistir llegó a decirme que había nacido en San Pablo. Solo eso y en lo más profundo de mi ser siempre me quedó la duda sobre su verdadero origen. ¿Sería Claude realmente brasileño?
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Trabajamos todo ese día tomando fotografías. Ese tipo de fotografías que casi todo norteamericano sabe llevar consigo en la billetera. Mientras, éste hombre de papel se movía sigiloso al ritmo de una vida que se le escurría sin pena ni gloria, sin misericordia, sin resquemores.
No pude saber los motivos de su vida en California, nada de su pasado y menos aún nada de nada de sus pensamientos, alegrías y tristezas. A decir verdad, lo que se dice alegrías, en Claude, me eran imposibles imaginarlas, ni siquiera en algún misterioso y perdido pasado o en un remoto e improbable futuro.
Justo ahora que estaba cumpliendo mis cincuenta años se me apareció Claude como un fantasma, salido de la nada, de un pasado supuestamente enterrado y olvidado recordándome que la muerte nos espera a todos a la vuelta de la esquina, quieta, muda, sin pasado ni futuro.
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Claude camina curvo, lento y con la cabeza gacha. Evita cualquier mirada y prosigue su camino doblando esquinas, entrando en bocas de subterráneos imaginarias y trepándose a colectivos invisibles. Claude lleva consigo la eterna carga del sufriente moribundo. No pretende evitarlo, solo mi mirada lo delata y él sigue evitándome como cuando más jóvenes compartimos la jornada de trabajo.
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