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sábado, 21 de junio de 2008
jueves, 19 de junio de 2008
El Barrio-Los Barrios
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Es una prolija hilera de árboles acorralados en sus planteros.
Es la seguidilla de casas que asoman sus balcones a la calle.
Son esas puertas de maderas lustradas, las fachadas de mármol, los zaguanes largos y fríos, donde nunca hay nadie. Antes, los novios, en sus primeras visitas.
Son cortinas blancas de inmaculadas puntillas.
Son los viejos muy viejos contemplando el presente.
Son los empedrados, los caserones en venta y el viento acelerando su paso por raquíticos pasajes de invisibles veredas.
Es el pasado, son los murmullos, es casi el silencio.
Un pedazo de historia, los inmigrantes, los de antes, los primeros.
Son sus vidas, son sus penas, son sus glorias.
Es la casa de mi abuela, su inmaculada vereda de listones rosados,
y sus prejuiciosas vecinas.
Es el último modelo de auto estacionado antes de doblar la esquina. Es la pelota de trapo que siempre termina en la terraza del vecino
y a tocar el timbre.
Es el paso firme hasta alcanzar la avenida que nos lleva al centro,
Es nunca mirar hacia atrás.
Son cortinas blancas de inmaculadas puntillas.
Son los viejos muy viejos contemplando el presente.
Son los empedrados, los caserones en venta y el viento acelerando su paso por raquíticos pasajes de invisibles veredas.
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Es el pasado, son los murmullos, es casi el silencio.
Un pedazo de historia, los inmigrantes, los de antes, los primeros.
Son sus vidas, son sus penas, son sus glorias.
Es la casa de mi abuela, su inmaculada vereda de listones rosados,
y sus prejuiciosas vecinas.
Es el último modelo de auto estacionado antes de doblar la esquina. Es la pelota de trapo que siempre termina en la terraza del vecino
y a tocar el timbre.
Es el paso firme hasta alcanzar la avenida que nos lleva al centro,
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Es nunca mirar hacia atrás.
Es sentir nostalgias cuando reconozco su perfume,
sus olores, sus pasos, su forma de caminar.
Es detenerme un instante y sopesar mi vida.
Es extrañar mi presente y desear no perderlo nunca.
También son los bronces que jamás se oxidan.
sus olores, sus pasos, su forma de caminar.
Es detenerme un instante y sopesar mi vida.
Es extrañar mi presente y desear no perderlo nunca.
También son los bronces que jamás se oxidan.
Solo Angeles
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El boulevard desierto hipnóticamente me condujo a lo largo de todo su recorrido, hasta la playa. La noche estaba cerrada, el cielo enorme, limpido, sereno. Me metí en un bar, el único que encontraría abierto en todo Los Angeles, el mismo que me cobijaría noche tras noche antes de regresar a casa ya vencido por el sueño y el alcohol .
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Los ingleses y algún yankee extraviado eran sus habitantes permanentes, con el tiempo nos empezamos a saludar como viejos conocidos y al final no era sino el refugio de almas solitarias en esa tierra de nadie, llena de autopistas comunicando espacios inexistentes, palmeras artificiales y millones de inmigrantes .
La no-ciudad la llamábamos mientras gastábamos gasolina bajo un sol implacable que jamás descansa. Millas y millas, autos y más autos, smog en verano, ligeras nubes agrisadas por las mañanas en invierno. Allí donde el cemento se consume la arena, la basura de los televisores las mentes y los chorros de cloro aniquilan grasas en piscinas de medio pelo.
La no-ciudad la llamábamos mientras gastábamos gasolina bajo un sol implacable que jamás descansa. Millas y millas, autos y más autos, smog en verano, ligeras nubes agrisadas por las mañanas en invierno. Allí donde el cemento se consume la arena, la basura de los televisores las mentes y los chorros de cloro aniquilan grasas en piscinas de medio pelo.
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La felicidad estaba en alguna parte, la cuestión era encontrarla y detrás de ella parecían estar todos. La derrota llegaba por las tardes de regreso al hogar y mientras el sol aún ardía sobre los "ve" ochos agotados. El sueño se acababa por las noches.
La cerveza aguada nos confundía a todos en las horas felices de cinco a diez. La cuestión era no parar nunca, la gasolina era barata, como al final resultaron todos nuestros sueños; encerrados entre el desierto y el Pacífico, alienados detrás de mil cuotas poseedoras de la poquita libertad que creíamos tener.
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La encontré en medio del humo, aturdida, rodeada de otros borrachos como ella, parecía despedir espuma por su boca al tiempo que se contorneaba de abajo hacia arriba en medio de una mesa llena de botellas vacías y colillas de cigarrillos. Nos cruzamos las miradas en una de sus vueltas ascendentes mientras trataba de sentarme apretujado entre tanta humanidad desquiciada.
Las dos de la mañana para Los Angeles significaba no dormir, era exageradamente tarde, la gente no acostumbra a trasnochar a no ser que pertenezcan a ese mundo en donde ya no existe el mañana.
Partimos con Julie para su casa justo a la salida del San Diego freeway. Vivía con otra amiga en uno de esos típicos apartamentos hollywodenses de los años cincuenta , lo suficientemente acogedor para soportar la rutina un tiempo más.
Partimos con Julie para su casa justo a la salida del San Diego freeway. Vivía con otra amiga en uno de esos típicos apartamentos hollywodenses de los años cincuenta , lo suficientemente acogedor para soportar la rutina un tiempo más.
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Recuerdo una luz penetrante por su ventana al mediodía y nuestra muy tranquila y profunda relación. Escuchaba atenta mis quejas al sistema y más allá de ese intercambio aparecía el misterio. Nunca supimos cual era la profesión del otro. Encontrarme con ella por las noches resultaba una bendición.
viernes, 13 de junio de 2008
Gisela en el Cuzco
La altura de La Paz nos jugaba en contra, los pulmones no daban abasto, nuestra juventud no valía de nada en ese momento. Para colmo un clima de revolución se extendía a cada rostro, a cada ventana cerrada, a cada bar de puertas bajas y para colmo el hotel de “gringos” quedaba lejos.
El resto de los días, hasta que pudimos salir de la ciudad, transcurrieron dentro del hotel Roma, mirando las represiones a estudiantes y sindicalistas por televisión y los ridículos y previsibles discursos de los generales de turno. En el bar vecino al hotel nos juntábamos todos los pasajeros atrapados. Paolo de Tarvisio del norte de Italia, Humberto el enigmático colombiano, y Gisela, la alemana de Munich que hablaba el español de manera harto graciosa. Completaban el grupo dos uruguayos y el peruano de la biblia bajo el brazo.
Ni bien los militares autorizaron usar camiones del ejército para llevar gente hacia las afueras de la ciudad, con Marcelo no lo dudamos, la única que nos acompañó fue la alemana Gisela.
La travesía por la montaña fue inolvidable, una combinación de aridez deslumbrante, ráfagas de viento, oleadas de frío y todo bajo un cálido sol de primavera. Las mujeres coyas con sus bebés a cuestas; enjutos y afligidos campesinos y nosotros tres con el solo deseo de cruzar al Perú. Una vez en Copacabana, en el límite con el Perú dormimos en un hotelucho los tres juntos. Gisela aún no era de nadie, simplemente era una linda y corajuda alemana desafiando la naturaleza áspera y salvaje de Sudamérica.
La travesía por la montaña fue inolvidable, una combinación de aridez deslumbrante, ráfagas de viento, oleadas de frío y todo bajo un cálido sol de primavera. Las mujeres coyas con sus bebés a cuestas; enjutos y afligidos campesinos y nosotros tres con el solo deseo de cruzar al Perú. Una vez en Copacabana, en el límite con el Perú dormimos en un hotelucho los tres juntos. Gisela aún no era de nadie, simplemente era una linda y corajuda alemana desafiando la naturaleza áspera y salvaje de Sudamérica.
En el camino nos reencontramos con los uruguayos y el barbado peruano de la Biblia quienes se nos unieron en la escapada de Bolivia. Dos días más tarde, toque de queda superado, subimos a un taxi que nos llevó a la frontera. La felicidad de sabernos camino a la libertad inundó al grupo de una alegría inusitada. Con Gisela nos sentamos en la parte trasera del viejo taxi y así cruzamos al Perú. Mucho antes de llegar a nuestro destino nuestras manos se amordazaron fuertemente e instantes después un beso interminable selló nuestro romance, allí mismo en frente de todos nuestros asombradísimos acompañantes.
Gisela transitaba los últimos cartuchos en Latinoamérica y se la sabía lunga en eso de estar de aquí para allá, de hotelucho en hotelucho, de bar en bar, de grapa en grapa. Algo curioso había en su manera de proceder, como si fuera una habitué del altiplano, una estudiosa de las culturas andinas, una experta en encontrar lo que se proponía. Sospecho que no solo dormimos en un hotel donde ya la conocían bien sino que usamos las mismas sábanas que ella ya había usado.
Una vez en el Cuzco nuestros intereses con el resto del grupo comenzaron a diferenciarse, a ésta altura lo nuestro se iba convirtiendo en una especie de pareja estable.
Una vez en el Cuzco nuestros intereses con el resto del grupo comenzaron a diferenciarse, a ésta altura lo nuestro se iba convirtiendo en una especie de pareja estable.
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Convinimos en viajar a Lima al día siguiente. Compramos los tickets del bus y prometió regresar por la noche para el viaje del día siguiente. La noche se me hizo interminable y ella nunca regresó. Le dejé una nota sobre la cama y me subí al bus masticando bronca y odio.
El cruce de la precordillera fue de los más fríos que pueda recordar, solo cuando llegamos al Pacífico el viento se calentó y el clima mejoró. De a poco pretendía olvidar a la alemana, a su novio traficante y a la ciudad de Cuzco. Me encontraba solo después de mucho tiempo, Marcelo, mi original compañero de viaje, no estaba en el Cuzco cuando decidí mi partida así que nunca nos despedimos, el resto del grupo eran menos íntimos.
Lima representaba una nueva etapa. Me contacté con una vieja amiga y paré en su casa unos días. Cada tanto pasaba por los albergues de turistas por si encontraba alguna señal de ella o de alguno de los antiguos compañeros de viaje. Tan solo una semana más tarde me encontré con la tan esperada nota de Gisela:
-“estoy en el hotel Horizonte, te extraño, mañana es mi cumpleaños y quiero que estemos juntos”...rezaba la esquela clavada con una chinche junto a decenas de mensajes de tantos otros viajeros.
-“estoy en el hotel Horizonte, te extraño, mañana es mi cumpleaños y quiero que estemos juntos”...rezaba la esquela clavada con una chinche junto a decenas de mensajes de tantos otros viajeros.
Caminé urgente las pocas cuadras que separaban un hotel del otro, aunque había acumulado resentimiento, por dentro deseaba reencontrarla con pasión.
Me interné en los pasillos del desvencijado albergue y la encontré armándose un purito. También las alemanas pueden ser tiernas, me dije mientras nos hundíamos en un abrazo eterno. Pasamos esa noche juntos y también las siguientes. Una grata sensación de reconquista se había instalado en mí nuevamente. La doncella triste había zafado del mafioso y venía a mis brazos a pasar su cumpleaños.
Me interné en los pasillos del desvencijado albergue y la encontré armándose un purito. También las alemanas pueden ser tiernas, me dije mientras nos hundíamos en un abrazo eterno. Pasamos esa noche juntos y también las siguientes. Una grata sensación de reconquista se había instalado en mí nuevamente. La doncella triste había zafado del mafioso y venía a mis brazos a pasar su cumpleaños.
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Las jornadas limeñas transcurrieron felices y tranquilas. Pasaron los días y nos llegó el turno de continuar el viaje. Seguimos juntos hasta Quito, por alguna misteriosa razón, a esa altura, yo me había enfriado y necesitaba distancia. Una rara emoción me iba invadiendo de a poco, un cierto malestar se apoderó de mi persona y ya no pude compartir más nada con ella. Dejé Ecuador, Latinoamérica toda y a Gisela un viernes de diciembre con rumbo al norte para no regresar más.
Mantuvimos en el tiempo un agradable intercambio telefónico . Le prometí una visita como para reencontrarnos. Así fue como casi dos años más tarde visité Alemania y nos volvimos a contactar. Quedamos en vernos en su Munich natal. Llegué una noche de invierno en tren desde el norte del país, me acompañaba una tremenda gripe como única compañera de viaje. Desde la misma estación llamé por teléfono ansioso. Respondió ella, pude reconocer su inconfundibe acento, detrás apareció un vacío monstruoso, gigante, inabordable y luego de unos instantes, que resultaron infinitos, me cortó.
Minutos más tarde y solo después de enjuagarme la boca llena de una sequedad alucinada intenté otro llamado. YA no pude escuchar su voz. No la escucharía nunca más. Desde ese agujero negro invisible y siniestro respondió una voz cavernosa y exageradamente dura. Luego de dos o tres indescifrables palabras cortó el teléfono con inusitada violencia . Supe entonces que mi romance con Gisela no tendría continuidad. Ni siquiera una amistad. Había desaparecido detrás de su jerarca nazi. Otra vez otro novio entre nosotros, me dije; tomé mi afiebrado cuerpo enfermo y alquilé una habitación cercana por los siguientes días. Deambulé como pude por una ciudad agrisada y hostil a la espera de alguna respuesta suya. Gisela no dio jamás señales de vida. Nuestra historia había quedado sepultada en la ciudad de Quito.
miércoles, 11 de junio de 2008
Diario en Nueva York, Intersecciones
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parecieran estar cantando.
Primera jornada en la ciudad. Turbulencias primero y después calor húmedo y pegajoso.
Comida china en la 34 y 7ma. , muy picante, me transpira la cabeza, no me puedo concentrar, me siento mareado, como drogado, me cuesta seguir la conversación con Alfredo.
Su oficina me recuerda a las oficinas de Matrix. con pasillos entre escritorios parapetados detrás de mini paredes prolijamente diagramadas.
Toneladas de gente, un océano humano que circula incesante. Desciende y emerge constantemente de la boca de los subterraneos. Acumulación de calles y negocios, eso parece New York a primera vista. Hay que consumir. Esta bien consumir. Hay mucho para consumir.
¿Cómo seguir siendo uno mismo entre la muchedumbre? Millones de estímulos que potencian y confunden el deseo.
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Lexington y 77. Me intereso en averiguar sobre precios de apartamentos. Studio de 38 mts cuadrados. Pretenden 345.000 dólares! Una locura. Intercambio un diálogo imposible con la vendedora, mezcla de la mamá de Hechizada con una abuela judía de algún amigo de mi infancia.
Bajo y me tomo un café con tostadas. Este tipo de cafetería me agrada. Esquinero, tradicional, bien americano. Los dueños griegos con acentos duros y objetivos claros. Contemplo el movimiento callejero a través de la ventana. El tiempo transcurre sin apuros. Son mis tiempos.
Bajo hacia la 68. Subte hasta Union Square. Me encuentro con Alexandra en el 114 de la 5ta. avenida.; artistas modernos, gays estilo Peter Pan, exóticos, ridículos.
Ensalada Ceasar y té frío. Tiempo caluroso. Zapatos de duende y la tienda de las mil valijas.
Camino por un Village previsible y tremendamente movedizo. Especie de mercado persa en una Broadway larga y sinuosa que solo se pierde en unas twin towers que aún siguen de pie.
Me esperan en Brooklyn. Tomo el L en la 8va. y la 14. Atravieso un barrio latino con todo su folklore en calles y paredes.
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Cenamos en Little Italy en la cantina de Fabrizio. Ya estuve aquí hace unos años. El lugar no cambio nada. Todo sigue exactamente igual. También la humedad y el calor agobiante.
Duermo con la ventana abierta. El ruido de la calle es tenaz. Uso tapones. Me desconecto. Estoy en el 8vo piso de la 110 frente al lado oeste del Central Park .
Bajo por Broadway hasta el Lincoln Center en la 66. Me gusta la zona. Me tengo a mi mismo observando vidrieras y descansando de tanto en tanto en las pequeñas plazas de las esquinas.
Compro mi primera compra. Una libreta de anotaciones minúscula .
Nos encontramos con Alfredo para hablar un rato. El hace un parate en su trabajo. 41 y 7ma. Cinco de la tarde. Hora pico. No se encuentran taxis libres. No hay tantos como en Buenos Aires. Es la zona fashion. Es la semana fashion. Modelos todas parecidas entre sí de distintos puntos del planeta. Tres polacas gastan media hora detrás de un taxi. ¿no sabrán tomar el subte? Parece que la pasan bien. ¿La pasan bien?
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Otro medio día camino por un parque al borde del río Hudson. Un inválido es empujado por una veintiañera que me regala una mirada furtiva. Me la imagino aburrida, casi desesperada. Paso lentamente a su lado evitando la mirada del inválido ricachón. Conversan en un fluido inglés. Quizás sea una estudiante que se financia sus estudios limpiando culos de difícil acceso. Sigo hacia abajo, hacia el río; como seguro de mis pasos. No lo son. Nunca lo son del todo. Siempre existe alguna otra posibilidad.
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¿Al final que es lo que hacemos todos aquí? Todos los que no sabemos que hacemos. Toda ésta locura humana atropellándose constantemente. De la nada algún alucinado me grita. Al tiempo cualquiera que se te acerca parece un alucinado. ¿Qué quiere? ¿Me estará preguntando algo? ¿estará perdido? ¿me está tratando de vender alguna cosa? No termino de saberlo.
101 y CPWest . 28 mts cuadrados. Planta baja. Oscuro. Deprimente. Desean u$s 210.000. Los precios se dispararon. Se volvieron locos.
Reflexiones sobre el tema. Alfredo dice que a la ciudad la están limpiando de pobres -léase negros, latinos y perdedores-. La quieren convertir en la ciudad más cara del mundo. Imposible siquiera entrar si no se es poderoso. No necesitan de los demás. Solamente algunos esclavos modernos para hacer de porteros y limpia baños.
Ratas. Hay ratas por todos lados. Por las noches caminan a tu lado. En el subte son las reinas.
Columbus Ave. y la 8va. Bistro a la europea pero en Manhattan. Mesitas en las calles prolijamente alineadas dentro de un corralito.
La ciudad está llena de extranjeros. ¿adónde han ido a parar los gringos?
Israelitas, polacos, iraníes, griegos, colombianos, argentinos, todo tipo de latinos y orientales y ahora también los rusos y sus ex aliados, gente de rostros pálidos y caras redondas, ansiosos de recuperar el tiempo que creen haber perdido.
Sábado por la noche. Cathedral way y Amsterdam Ave. Pub a la americana.
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Ni el Soho, ni el greenwhich, ni el lower east side; el límite con el Harlem. La sensación de confusión es buena. Se contrapone con el resto del tiempo lleno de control. Un gesto. Un movimiento imperceptible que se pierde entre las sombras de la noche. Un vaso de cerveza a contraluz. De fondo el lenguaje como sonido de una imagen invisible: el francés. ¿franceses? Un rato, un instante. Sus vidas en un instante. Una noche más. El resto parecido. La vida no presenta grandes matices. Quizás la soñemos diferente.
El tren C me baja hasta el city hall. Cuando vuelvo a la superficie me sorprende un diluvio. La isla se angosta para éstos lados. Me le animo al agua y voy remontando sus calles hasta la 17. Los fenicios modernos transpolados me desbordan, me pueden y me superan. Me siento estafado a cada paso y no lo puedo evitar. No sirvo para competir en ese rubro. Son hábiles comerciantes que a cambio de dinero venderían a sus hijos. Hipnotizan con productos que no interesan. Trato de huir. Sin embargo caigo en sus redes y pago mis impuestos de viajante con tiempo libre. Me compro una filmadora digital a un buen precio. Eso me hacen creer. Eso creo yo también.
Sigo remontando la ciudad bajo la lluvia. Trato de evitar el subte por un rato. Allá abajo la humedad se torna demasiado densa. Los túneles condensan pesadez. El zoológico humano y además las ratas. Camino un rato bajo una lluvia intensa.
Con Alfredo sellamos un pacto inmobiliario a futuro. Mezcla de sueños más deseos de cambio para los dos. Exploramos la noche a través del Soho y el Village. Todo parece sucio. De noche todo está más vidrioso. Como recubierto de una pátina gelatinosa. Turistas mezclados con habitantes temporarios de una zona que no termina de transformarse. Ofertas de cafés y restaurantes por doquier. Unos chinos que nos masajean al pasar. Vidrieras sofisticadas que ocultan precios de lo que venden. Edificios reciclados. Blues en el Terra Blues. Las horas reciclan también a los personajes. De a poco la noche va despertando. Los músicos son siempre músicos. Inconfundibles. Toda una entidad. Un transcurrir entre dos mundos. Suerte de canal místico entre entidades sutiles y los hombres, aunque ellos no siempre se den cuenta.
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Nos despedimos en la 4ta. y Avenida de las Américas. Alfredo busca el barco que lo cruzará a Staten island. Una vida, un destino. Aquel que creemos conocer, se termina mezclando entre la muchedumbre para convertirse en uno más. Va en busca de su refugio temporario. No conozco dónde vive. Sé que comparte un lugar con otros. Me imagino a los inmigrantes de principios de siglo amuchados en casillas gubernamentales esperando el momento de salir en busca de fortuna y libertad. Yo me interno nuevamente en el subte en donde la ciudad definitivamente nunca duerme.
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Hoy caminé toda la tarde. Hizo una jornada gloriosa. El parque rebozaba de energía. Todo el mundo salió a oxigenarse. Patinadores, corredores y ciclistas. Poetas, enamorados y solitarios. Artistas y deportistas en el parque. Sinuosamente los atravesé a todos. Patos, ardillas y japoneses. Cantantes, juglares y jubilados. Perritos inmundos de la mano de viejas aún más inmundas. Dibujantes y fotógrafos. Paseantes.
Después evité el subte, semejante día no se lo merecía. Bajé por la 5ta. mientras se desperezaba la noche. Deambulé por la zona de la universidad hasta que hicieron las nueve. Finalmente llegué a mi cita con Cecilia en la 11 y la 2da. Escuchamos algo de música por el lower east side. Un tugurio posmo lleno de buenas intenciones. Música estridente. Free jazz que terminó con las pocas energías que tenía. Me regresé solo a casa.
Al doctor con Alexandra. Viajamos al norte de la ciudad. A territorio latino. 197 y Broadway Ave. Médico a la antigua. Sala de espera repleta de gente que evita hospitales y prepagos médicos carísimos. Un médico que lo palmea a uno. Que se toma un tiempo para conversar. Me recuerda un poco a mi padre. Curioso encontralo aquí en Manhattan. Desayuno a la dominicana. Manteles de hule y música caribeña en los parlantes. Mulatas hispanas de amplia sonrisa. Otros tiempos, más lentos, menos caros. No hay taxis. Nos devolvemos en una especie de remise hasta la 77 en el lado oeste.
Busco una tienda de deportes y me tengo que cruzar hasta el otro lado pues por aquí no existe nada parecido. Tomo un micro que tarda añares en cruzar el Central Park. Es sábado por la mañana y ahora a mi tampoco me sobra el tiempo, por la tarde me estoy regresando a Buenos Aires. Desciendo y comienzo a correr. Llovizna. Una camioneta se prende fuego en mis narices en el cruce de la 84 y Madison. Las llamas ascienden hacia el cielo. El vehículo, como totem viviente, se imola sin pudor. No hay nada que hacer. Simplemente la aceptación de alguna decisión ajena a nosotros. Es un espectáculo diferente. De repente encuentro un tiempo interno que creía no tener. Una pequeña multitud se va agolpando callada frente a la tragedia. El auto se consume frente a nosotros al igual que su conductor el cual nunca pudo escapar.
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En cambio, yo sí me escapo del lugar. De repente me acuerdo de la casa de deportes y de mi avión por la tarde. De la llovizna y de la escasez de taxis. Finalmente la encuentro en la 86 y la 3ra Avenida. Hay de todo y más. La suerte está de mi lado. Encuentro un taxi en la puerta que evita el accidente y la gente. Me como una porción de pepperoni en la esquina de casa y la televisión me recuerda que son las olimpíadas de Sidney. No me atraen demasiado pero allí están, en la televisión.
Sol. Calor en Manhattan. Atravieso la ciudad hacia el este por la calle Fulton. Cientos de gente hormigean por doquier. Descubro Brooklyn desde el muelle. El puente emblemático cuelga gracioso invitándome a imaginar una travesía en barco.
De regreso a casa me detengo en Fanelli, Prince y Mercer, a tomar un trago. A través del reflejo en el espejo del bar la descubro por primera vez. Lolly Totero, gringa, rubia, estatura media y mirada firme. De repente recupero fuerzas que la ciudad me venía robando desde hacía varios días.
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continuará
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