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La curiosidad pudo más y me aventuré a andar. El empedrado prolijamente alistado del lago me fue ofreciendo su textura fría y dura, muy diferente a las tibias y protectoras aguas de mi juventud. Mamá ya no existía. O yo ya no la llegaba a reconocer. Ese sentimeinto de desapego me trajo un consuelo impensado. Ya no tendría a donde regresar. Tenía que decidirme por un rumbo determinado. Observé a lo lejos al chiquito de sacón bordó y no dude, en ese instante comenzó mi peregrinar fuera del agua.
Detrás quedaba mi infancia, mis amigos y la seguridad de lo conocido.
1 comentario:
muyyy bueno! las fotos, la idea, los contrastes.
Si la fe mueve montañas, la curiosidad las hace andar
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